Feliz día cualquiera

Natalia Gomez del Pozuelo/ febrero 15, 2016/ Blog/ 0 comments

La primera vez que tuve conciencia de San Valentín fue en 1981 cuando estudiaba en Bélgica en un colegio americano. Me extraño que fuera una fiesta más de la amistad que del amor. Todavía recuerdo con nitidez el nudo que se me puso en el estómago cuando en una de las clase, cada uno se levantaba y dejaba una tarjeta en la mesa de sus amigos.

Era terrible ver cómo las de unos estaban a rebosar y otras tenían una o ninguna. Recuerdo que me sentí mal por compartir aquello que hacía sentir mal a unos pobres de forma tan patente. No supe qué hacer y miraba cabizbaja las dos o tres tarjetas que había sobre mi mesa.

Pero eso no era lo que más llamó mi atención; recuerdo la incomprensión que me generó que muchos le dejaran una tarjeta a los más “populares” aunque prácticamente no los conocieran, supongo que por afán a llegar a serlo ellos también.

Ahora comprendo que es algo muy propio del ser humano: esa avaricia de atención, afecto, admiración. Tal vez por eso, y por el ataque consumista que producen, intento vivir un mundo sin días que tengan nombre y apellido, sin días que conmemoren eventos del pasado o que intentan que me identifique con un género, un país o cualquier otro grupo. Para mí los días “sin”, cualquier día, este momento, es el mejor para celebrar el amor. ¡Chin, chin!

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