¿Es amor o es apego?

Natalia Gómez del Pozuelo/ junio 1, 2015/ Blog/ 0 comments

Vipassana

 Lo que aprendí en los cursos Vipassana

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(Un curso de Meditación Vipassana consiste en 10 días de silencio y meditación.)

Mi primer Vipassana lo hice al mismo tiempo que mi pareja.

Yo me vanagloriaba (en mi interior aunque seguro que algo se “transparentaba”) de tener una relación independiente, sin grandes apegos…

Cuando entramos en el curso, comentaron la importancia de no comunicarse, ni con palabras, ni con gestos o miradas.

En torno al tercer día, me pareció divisarle paseando por la zona de jardín de los hombres y como yo daba paseos al rededor del de las chicas, en uno de los lados pasé cerca y le miré; la intensidad de la mirada me quemó; me estaba regodeando en ella cuando él la retiró.

A partir de ese momento reaccioné de forma desproporcionada (con razón te piden que no te comuniques viendo el terremoto que desató en mí ese pequeño no-gesto). Fue como una traición, sobre todo porque los días siguientes, en algunos momentos, volvimos a coincidir en el borde del jardín y él me negó su mirada. Así lo viví yo. En mi interior decía con tono despectivo: “Claro, las normas, el buenecito que todo lo cumple” y como una niña caprichosa perseguía su mirada para que sucumbiera a la mía y al sentarme a meditar hacía el gesto más pronunciado para marcar mi trasero y distraerle (estaba una fila más atrás en la zona de los chicos), quería llamar su atención como fuera, tal vez precisamente porque en ese momento no podía tenerla. Me enfurecía, me ponía triste…

Yo creía tener una relación libre pero bastó no tener su atención unos días para despertar un huracán de apegos.

Cuando salimos, en cambio, me dijo que pocas veces había estado más cerca de mí y fue una época de una unión extraordinaria.

No sé si fue premonitorio, pero años después, hace unos meses… yo que creía tener una relación libre, cuando él retiró su atención y se fue, se volvió a despertar el huracán de los apegos, esta vez de fuerza máxima.

¿Aprendemos alguna vez? Si el huracán es gigante tras cuatro años de meditación diaria, a veces dan ganas de sumirse en la inconsciencia, pero entonces leo las palabras de Krishnamurti:

“En ese estado de agudeza del sufrimiento, en esa intensidad del sufrimiento en la que ya no hay escapes, la mente misma se ha vuelto inteligencia”

y me quedo quieta; sigo mirando, tratando de no escapar.

La diferencia con aquella otra vez es que ahora siento cómo surge el pensamiento y noto la oleada de dolor físico inmediata y pienso: vaya zarpazos que nos provocamos con el apego. Y soy algo más consciente (un modesto poquito más).

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