El mar y la meditación

Natalia Gómez del Pozuelo/ septiembre 1, 2015/ Blog/ 0 comments

2014-07-29 20.40.08Estos días uno se puede permitir el ritmo que marca su cuerpo, acoplar la cadencia exterior y la interior.

El haber meditado a lo largo de las estaciones previas al verano ayuda a que estemos en todo momento más presentes, más perceptivos, aunque la práctica se haya descolocado.

El mar es una enorme fuente de matices, de sensaciones.

Uno se sienta delante, camina a su vera, se introduce entre sus brazos.

Se mueve como un amante; tranquilo a ratos, apenas una caricia ligera, en otros impetuoso hasta no poder acercarse.

Los ojos perciben sus cambios, la luz reflejada en la cresta de sus cabellos, la oscuridad cuando llega la tormenta.

El olor entra por la nariz húmedo, pegajoso. Se huele también por la piel y por los oídos, donde susurra acompasando su ritmo al de nuestra respiración, ¿o será al revés?

Sabe a calor y a sexo, a besos robados, a besos entregados. Sobre la piel es cálido, lametazos del amado, frescor de las dudas, calmante útero materno cuando uno está cansado.

La espuma acaricia la ola anterior como dedos sobre un lomo y uno piensa en cada gota necesaria  para llenar el océano, una a una, y entra fatiga solo de pensarlo. El horizonte, la inmensidad, la claridad reflejada en la capa más superficial, el abismo más hondo en la capa opuesta y entre ambas, el peso, la presión y todas y cada una de las gotas, todas son algo grande, cómo los pequeños seres que mojamos los piececillos en el extremo en el que el mar acaricia la tierra, nos pensamos únicos, diferentes del resto, capaces de dominar el entorno, hasta que intuimos la furia del océano que nos sitúa en nuestra dimensión natural.

Se refleja el sol y también la luna, trazan su camino de oro o de plata, caminos de yemanyá que llevan a la locura, a la cordura, que invitan al pintor a intentar una pincelada osada y al escritor a buscar con modestia unas pocas palabras que ayuden a dibujarlo.

Y uno se sienta delante, y lo camina y se sumerge. Funde su respiración con las olas, su cuerpo, su alma toda y se da cuenta de que eso es meditación, eso es respirar, eso es sentir.

La práctica se quedó corta, o tal vez larga; la práctica se quedó en la habitación. Aquí, frente al mar, todo es pequeño y grande a la vez, todo es uno, agua, gaviotas, personas, gotas todas del mismo mar, origen y final, como lo es cada pequeña cosa, como lo es la inmensidad.

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