El color está en la mirada

Natalia Gomez del Pozuelo/ abril 7, 2015/ Uncategorized/ 0 comments

Vipassana

Este es el primer artículo de una serie que voy a compartir con vosotros sobre lo que he aprendido en los cursos de Vipassana.

(Para los que no lo sepan, un curso de Meditación Vipassana consiste en 10 días de silencio y meditación.)

(1)

En los 10 días de curso, no hay prácticamente ninguna circunstancia externa que pueda afectar al estado de ánimo, puesto que no sucede nada en absoluto. No se habla, ni se lee, uno está completamente desconectado del exterior. Nada. Nadie te dice, nadie te hace, lo único que podría afectar es el clima, si llueve, hace sol o frío. Poco más, en cambio, los estados de ánimo oscilan casi tanto como cuando uno está fuera.

No me di cuenta el primer día, ni el segundo, de hecho me di cuenta el día ocho, cuando amanecí de un humor de perros que nada tenía que ver con el día soleado que hacía y pinté toda la realidad de color hormiga, hasta el punto de irme del curso, solo porque mi estado de ánimo se había despertado torcido.

Ese día, miré hacia atrás y me di cuenta de que los siete días previos habían estado, cada uno, teñido de un color.

  1. El primero de curiosidad y descubrimiento.
  2. El segundo de incomodidad por las once horas de meditación sentada.
  3. El tercero de desazón, pero comenzaba a entrar en ritmo. Creo que por eso mucha gente lo deja entre el día dos y el tres, porque se juntan incomodidad y desazón y uno cree que va a ser así los diez días restantes y dan ganas de abandonar, de alguna manera se pierde el sentido, se deja de entender por qué uno está ahí).
  4. El cuarto fue un día creativo, cada persona con la que me cruzaba en el paseo, cada árbol, cada pájaro recibieron un nombre de mi parte: la princesa de las nieves, la friolera, el pájaro del amanecer, el árbol del hueco en medio… En mi mente se fue escribiendo, en los ratos de descanso, la novela de mi estancia allí, novela que todavía no he llevado al papel.
  5. El quinto día estaba llena de energía, los paseos eran más veloces e intensos, como si andara persiguiendo algo, conté el número de pasos de cada vuelta al jardín: quinientos. Los daba una y otra vez con una sonrisa en la cara, con una sensación de satisfacción al notar la brisa en las mejillas.
  6. El sexto día mi estado era contemplativo, había entrado en el bucle temporal que produce la rutina y mis pasos parecían darse a un metro del suelo.
  7. El séptimo día, no descansé, pero sí me aburrí, era el tedio que produce el conocimiento.
  8. Y el octavo día, amanecí cabreada. Todo me parecía odioso, la voz de Goenka en la grabación me sacaba de mis casillas. “Start again”, decía una y otra vez, y yo pensaba para mis adentros: “no puedo otra vez” Y los nombres de las cosas se tiñeron de enfado: la princesa de las nieves se convirtió en la mujer témpano, que ni siente, ni padece, el pajarillo del amanecer en “calla de una maldita vez, si nadie te escucha…” Y no pude conmigo misma, ya no me aguantaba y me marché.

Abandoné, pudieron más mis estados de ánimo que mi deseo de terminar el curso.

Los dos días posteriores seguí encerrada (esta vez en casa) y prácticamente sin hablar; estaba todavía en un estado cercano al shock. Mi mente empezaba a procesar las vivencias interiores de aquellos ocho días:

La realidad había estado permanentemente teñida del color de mi mirada. - piopialo          

Eran mis estados de ánimo los que habían creado la realidad. Es algo de lo que muchas veces somos conscientes, pero fue una conexión especial: lo descubrí con una certeza física que me ayudó a entender que todo está en nosotros, que la realidad la creamos cada uno.

Ahora, cuando un día amanece torcido y todo a mi alrededor parece ir del revés: me enfado con uno de mis hijos o con el coche que se ha cambiado de carril sin mirar o con ese empleado que parece que te perdona la vida o te dice una bordería mientras te atiende… entiendo que soy yo la que está mirando así la realidad. Hago algunas respiraciones, me sacudo como los patos para quitarme esa negrura de encima, pongo una sonrisa que, al principio, parece un poco impostada pero que, poco a poco, encuentra un acomodo más natural en mi boca, y sigo adelante con el día.

El color ya solo parece gris y, al rato, el día recupera su tonalidad natural.

Dejé atrás el nubarrón que me había colocado encima de la cabeza para que me siguiera todo el día.

Cambié el color de la mirada y pude apreciar los colores de la vida. - piopialo          

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