“El amigo del desierto” de Pablo d’Ors, otro libro muy recomendable

Natalia Gómez del Pozuelo/ enero 7, 2016/ Blog/ 0 comments

El amigo del desierto portada

Cuando me encontré compartiendo partes del libro El amigo del desierto de Pablo d’Ors, decidí recomendarlo aquí, en Comfort Meditation, por el tipo de regalo que me ha hecho d’Ors con su libro y que os comentaré más adelante.

(Para facilitar la lectura, los textos que cito del libro los pongo en gris.)

Lo que compartí fue:

“Piensa que solo eres libre cuando al partir puedas llevar contigo todo lo tuyo”.

“Por fin comprendía que se nace para vivir, para nada más. Que vivir es la principal tarea y que, para llevarla a cabo, no es preciso desarrollar ninguna actividad particular.”

También le comentaba a mi interlocutor…

Es curioso porque cuando leo a este tío es como si me leyera a mí misma, como si lo hubiera escrito yo. Hay escritores a los que admiras, pero a d’Ors le siento como el reflejo de lo que yo escribiría. Lo que viene a continuación es exactamente lo que sentí en agosto cuando estuve un mes en soledad en Italia:

“Cualquiera diría que el tiempo tiene que hacerse aquí particularmente denso. Es todo lo contrario, pero no porque se tenga la impresión de que las horas pasan más deprisa o más despacio, sino porque el concepto de tiempo desaparece.”

En mi caso, la soledad me llevó a comparar el tiempo con un acordeón, tan corto o tan largo como uno desea en cada instante y, por tanto, desaparece.

“Alejado de todos, aquí me siento unido a mis semejantes, si bien no de una manera emotiva o sentimental. Mi unión con el mundo, con los otros, es filosófica, si puedo usar esta palabra sin que se entienda como sinónimo de algo frío o distanciado.”

Y la última frase que le envié fue:

“Belleza y pobreza: el binomio más misterioso, el más esencial.”

Me ha conmovido el libro de D’Ors, El amigo del desierto, me ha conmovido su tratamiento de la tierra, de las líneas que dibuja la arena del desierto. No sé si tiene algo que ver o no, pero es un hombre que va al desierto y “encuentra” la tierra.

Yo cuando fui al desierto, encontré el cielo. Me impactaron también mucho las dunas, el movimiento, las líneas… Era espectacular, ¡¿cómo no?!, pero yo descubrí el cielo. Recuerdo estar encima de una kasbah, en la terraza tumbada sobre una colchoneta cubierta con una sencilla manta y sentir que las estrellas me aplastaban. El cielo se me venía encima o, más bien, yo me metía dentro del cielo. Ahí entendí las palabras “bóveda celeste”. ¡Claro, es “redondo” porque es total, y lo ves!, te envuelve, te acoge en su seno y también está dentro de ti; las estrellas están a millones de años luz, en tiempo y en espacio (si es que hay diferencia entre ellos) pero las puedes tocar con la punta de los dedos. Yo sentí la fusión con el tiempo, con la eternidad.

Y me llaman la atención estas dos experiencias contrapuestas:

  • Hombre que descubre la tierra.
  • Mujer que descubre el cielo.

Tal vez en sus “descubrimientos” cada persona pone énfasis en aquello que tiene menos desarrollado. Me encantaría conocer la experiencia de otros que hayan visitado el desierto y que quieran compartirla con nosotros.

Fijaos en lo que decía de que en d’Ors “me leo”, aquí va otra muestra.

Había escrito hasta aquí antes de leer su penúltimo capítulo, que empieza así:

“Acaso por la desnudez y simplicidad de lo que hay bajo ellos, los cielos del Sahara son sin duda los más impresionantes del planeta. Ningún habitante del mundo puede tener tan presente el cielo que tiene sobre su cabeza como quienes viven en estas tierras.”

Y me dije: “Qué bueno es el cabrón”, pensando en cómo me habría gustado escribir esa primera frase, pero dÓrs no es bueno solo por cómo enlaza las palabras sino, sobre todo, por lo que produce su escritura:

El amigo del desierto me ha regalado el deseo (feroz y tranquilo) de intensificar mi movimiento hacia el desierto, hacia el silencio.

Gracias Pablo.

Lector, te lo recomiendo sin ninguna duda, es corto, divertido y conecta con lo más recóndito de uno.

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